Aquesta setmana finalitzem el serial de relats que ha presentat l’escriptor alacantí Ángel Picón Loranca. Va ser al setembre de 2020 quan va publicar en Amazon la seua primera novel·la: ¿Dónde está mi mente? que és una obra sincera i entretinguda, que recull el sentir i la mirada retrospectiva en els últims 30 anys d’un home atrapat en la pandèmia.

Ha acabat de corregir la seua segona novel·la, La qual cosa el meu avi em va comptar i va guanyar un esment especial del jurat en el V concurs de relats de Lamucca, per ser el relat més votat pel públic.

Els tres relats publicats han sigut “Recuerdo”, “Supermercado”, “Pistola” i finalitzem amb “Cóctel”.

Cóctel

Invito a un margarita a la rubia, no dice nada, se limita a levantar la copa a media altura y me concede una sonrisa. No tengo tiempo de responder, desde la otra esquina de la barra, un gordo reclama mi presencia a gritos.

—¿Qué desea tomar el señor?

—Un Manhattan ­— escupe con desprecio.

Dicen que el cliente siempre tiene razón y yo soy un profesional. Un barman de la antigua escuela, de los que ya no quedan. Vierto los ingredientes en la coctelera: dos tercios de un vaso de whisky, un tercio de un vaso de Martini Rosso y dos gotas de angostura. Añado el hielo y agito despacio, como me enseño don Marcelo.

—Su cóctel, caballero.

Cuando vuelvo la vista, la rubia ha abandonado su taburete. Recorro el local con la mirada, no hay rastro de ella. Al menos pagó los tres cócteles que bebió antes de que la invitase al cuarto. Pensaba que habíamos conectado, su forma de mirarme era muy sensual. Mientras agitaba la coctelera me ha dado tiempo a pensar en todas las cerdadas que haríamos esa noche. En su casa o en la mía.

Le indico a Martín, mi compañero, que salgo fuera a fumar. En la entrada del local hay más de diez personas apelotonadas. Tiritando de frío mientras se entregan al vicio del tabaco. Con el pitillo en la boca, tanteo el bolsillo del pantalón en busca del mechero, no lo encuentro.

Antes de que me dé tiempo a inspeccionar el otro bolsillo, una mano con las uñas pintadas de rojo me planta un mechero llameante delante de la cara. Aspiro para encender el cigarrillo, inhalo dos bocanadas más de humo antes de poder ver que es la rubia quien ha venido en mi salvación.

—¿Recuerdas cuándo se podía fumar en los garitos?

—Cómo no —respondo sonriente, intento decir algo ingenioso, pero no se me ocurre nada.

—¿Hace mucho qué eres barman?

—Más años de los que me gusta recordar. No te había visto nunca por aquí.

—Sí que me has visto, se ve que tienes mala memoria.

Otra rara, no intento detenerla cuando se aleja. La sigo con la mirada, en ningún momento se da la vuelta. Acabo el cigarrillo y regreso a la coctelería. Aunque no hay mucha gente en el interior, puedo ver que Martín anda un poco agobiado. Preparar cócteles no es lo mismo que servir cubalibres. Es todo un arte que requiere concentración, paciencia y cariño, mucho cariño.

Entre cliente y cliente me olvido de la rubia, tampoco era tan guapa. Dos horas más tarde, Martín recoge las mesas mientras hago la caja. Sin ser una gran noche, no ha estado mal del todo. Me despido de mi colega y abandono el local.

No he andado ni cinco minutos, cuando oigo una voz femenina a mi espalda. Me doy la vuelta y veo a la rubia blandiendo una pistola, la sujeta con ambas manos en mi dirección.

—¡Me llamo India Montoya, tú mataste a mi madre, prepárate a morir!

Jodía loca, no he matado una mosca en mi vida. “Si lo llego a saber no la invito al cuarto margarita”, pienso mientras me desangro en el suelo.