El uso del lenguaje en masculino es una forma de poder, de ahí la negación al reconocimiento de lo femenino y la apropiación desde las perspectivas de géneros y diversidades sexuales del símbolo (@) y de los asteriscos (*) y equis (x) en la escritura.

En la construcción de la masculinidad contemporánea juega un papel clave la represión de todo lo que parezca femenino en el hombre, pero desde que las masculinidades son el modelo del “deber ser” y se reniega de lo anal, habría que desentrañar qué hay detrás de ese miedo “insuperable” a la pérdida del poder representado en la falocracia, la misoginia, el sexismo y el machismo.

Los autores Sáez & Carrascosa afirman que “Es interesante señalar que la masculinidad no es algo privativo de los hombres, o propio de los hombres. Las mujeres también han contribuido a construir eso que llamamos masculinidad, como ha demostrado Judith Halberstam en su magnífico ensayo Masculinidad femenina”.

La cultura asigna en forma diferenciada a hombres y mujeres responsabilidades sociales, pautas de comportamiento, valores, gustos, temores, actividades, expectativas, etc. De estas se derivan necesidades y requerimientos diferentes de hombres y mujeres para su desarrollo y realización.

Ser hombre o ser mujer se refiere al sexo y no al comportamiento. El género es el conjunto de prescripciones y normas de comportamiento que dictan la sociedad, la cultura, la clase social, el grupo étnico y hasta el nivel generacional de las personas. Género corresponde a la división sexual del trabajo aún más primitiva: las mujeres paren hijos, y por tanto, los cuidan. De ahí que se considere que lo femenino es lo maternal, lo doméstico, contrapuesto con lo masculino como lo público.

 

La dicotomía masculino-femenina con sus variantes culturales establece estereotipos la más de las veces rígidos. Estos se convierten en condicionantes de los papeles y limitantes de las potencialidades humanas al estimular o reprimir los comportamientos en función a su adecuación al género de las personas. La indumentaria (vestido y accesorios) es el elemento desde el cual se ratifica el modelo del rol de género.

Foto: Manuel Velandia.

Foto: Manuel Velandia.

A partir de lo considerado genéricamente correcto, los vestidos, zapatos, peinados y aderezos se han establecido como propios del hombre y de la mujer, clasificándolos como masculinos y femeninos. A partir de los años 60, los accesorios y vestidos han sufrido universalmente una transformación imponiéndose inicialmente lo llamado unisex y posteriormente lo andrógino y lo metrosexual. Siendo actualmente utilizados tanto por hombres como por mujeres, estas excepciones son aún más marcadas y apropiadas en personas consideradas a la vanguardia, como los artistas.

Cada persona hace una identificación de su género, se puede transitar en este, es posible no tener que definirse y pensarse agénero. También se puede transitar en el cuerpo, estableciendo la aceptación o negación del mismo o de una parte de este). A partir de la concepción que tenga de su corporeidad y del querer «ser» y «hacer» se construye una identidad particular de cuerpo, que también está relacionada con la concepción animal del macho y de la hembra, del hombre y la mujer. Pero también puede proveérsele un género al cuerpo sin necesariamente tener que identificarse con el cuerpo del macho o de la hembra.

Buscando traspasar la frontera de los derechos sexuales de las mujeres heterosexuales para ampliar el discurso al de los derechos sexuales y los derechos reproductivos de todas las personas, me pregunté: ¿Por qué ciertos seres humanos no existen en el lenguaje?. Entonces decidí escribir usando la letra “a” o la “o” entre paréntesis para incluir a ambos (as), y lo hacía de forma intercalada, algunas veces hablada de ellos(as) y enseguida, por ejemplo de nosotras (os).

No era sólo mía la pregunta ni la búsqueda de respuestas. En la escritura, hacia 1987 inicié la utilización del símbolo arroba (@) como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las vocales “a” y “o”, por ejemplo: l@s niñ@s.

Foto: Manuel Velandia.

Foto: Manuel Velandia.

En el interés de escribir dando respuesta a la equidad de género, en la que se reconoce la importancia de lo femenino en la socialización de la cultura y contrarrestar la hegemonía de lo masculino, en la construcción teórica que se expresa en la visión masculinizante y machista de las explicaciones del mundo en 1998 publiqué el libro “Y si el cuerpo grita… dejémonos de maricadas”. En él utilice el símbolo “@” para aquellas palabras que deben entenderse tanto desde lo femenino como desde lo masculino, como por ejemplo, el término “ell@s”, y el símbolo “æ” para las palabras en las que el masculino se construye con la vocal “e” y el femenino con la “a” como por ejemplo “esæ“.

En 2001, centrado en la idea de que el lenguaje genera mundos, pensé que una manera de darle existencia a quienes transitan en el género o en el cuerpo, pero que no desean asumirse en un género (ahora le llamamos agéneros), era nominarles de alguna manera. Entonces hablé de “les” seres.

Posteriormente, pensé en el uso del asterisco (*), otr*s han optado por la “X”, para evitar usar el genérico masculino e incluir lo femenino en el discurso escrito. Dado que usar la @ tampoco es conveniente, a pesar de su uso extendido, ya que implicaba el reconocimiento de una derogada dualidad genérica y además porque es difícil leerlas por programas utilizados por personas ciegas o ambliopes.

El lenguaje es tan rico como la diversidad. Podemos referirnos al otro, otra, otre, a tod*s, aceptando que no hay una respuesta única e inamovible sino múltiples posibilidades lingüísticas para la escritura y la oralidad. Por supuesto, a la Real Academia de la Lengua Española este reconocimiento de las múltiples identidad (no identidades y post identidades) no le interesa. Porque la Academia no piensa en el valor que poseen los cambios culturales y políticos, sino que se plantea en una posición sexista y excluyente, que nunca les otres ni l*s otrxs son posibles en el lenguaje.