En un artículo anterior nos referíamos a la moda rápida como paradigma del sistema capitalista. Y una lectora se preguntaba en un tuit si acaso el problema real era “la esclavitud” de las mujeres que en su mayoría conforman la masa laboral de quienes las emplean para confeccionar esas prendas de usar y tirar que tan alegremente consumimos en los países “ricos”. En realidad, si se les preguntara a esos trabajadores y trabajadoras si la solución es que dejemos de comprar esos productos nos dirían que sigamos comprando, pero a precios que les permitan una vida más digna y seguridad en esas factorías. Sara Labowitz, activista de los derechos humanos, ha trabajado durante años para mejorar las condiciones laborales de esos trabajadores, desde que ocurrió el desastre del Rana Plaza, en 2013, donde el desplome de un edificio factoría mató a más de mil personas que trabajaban en su interior confeccionando ropa para países europeos, entre ellos el nuestro. Cuando preguntó a esos trabajadores que si tenían algo que decir a los consumidores de sus productos, respondieron: “Sí, seguid haciendo pedidos”…
Una transición hacia un mundo que consuma menos ropa sería dolorosa para Bangladesh, uno de los principales países productores, incluso si las fábricas del país confeccionaran menos y mejores prendas que se vendieran a precios más altos. En la actualidad hay unas seis mil fábricas y tal vez debería haber la mitad. Pero podrían pagar salarios dignos y competirían en calidad y eficiencia. El problema es que nadie está dispuesto a pagar unos céntimos más que revertirían en un modelo de responsabilidad social y medioambiental.
COMUNISMO Y CONSUMISMO
Deberíamos tener en cuenta que la circulación de nuestro dinero, especialmente en aquellos países asiáticos y africanos amenazados por la irrupción del fundamentalismo, está contribuyendo a la estabilidad económica y política. Se estima que hay una línea recta entre el cese del consumo y el aumento del terrorismo en esas zonas.
Pero, ¿qué pasa en aquellos países que han sufrido un parón brusco de las posibilidades de consumo?. Los casos de libro o manual son los de Finlandia, luego de la crisis económica y financiera de los años 90,  que afectó severamente al país y el de la antigua URSS cuando a finales de la década de los 80 se derrumbó estrepitosamente. El sociólogo británico Michael Burawoy lo vivió en primera persona, cuando por su curiosidad de investigador lo llevó a vivir como obrero en/de una factoría maderera en una lejana localidad industrial soviética. Antes de la caída del imperio comunista todos tenían asegurados sus salarios, techo y comida, aunque de manera modesta. Era una “economía de la escasez”, donde  los rusos no eran ricos pero tampoco pobres. Tenían pisos, atestados de gente en ocasiones, pero también ciertas comodidades, como televisores, coches y electrodomésticos. Burawoy se fue a Estados Unidos en julio de 1990, y en diciembre de ese mismo año la URSS se desintegró. Era como si en una economía capitalista colapsaran los bancos y la gente dejara de comprar o consumir. Cinco años más tarde, una quinta parte de la población vivía en la pobreza, la tasa de mortalidad se había duplicado y el PIB se había reducido a la mitad. El sociólogo encontró estos dramáticos cambios a su regreso, el verano siguiente. Para entonces,  el estilo de vida ruso se había transformado en una economía de “desacumulación,” es decir diametralmente  opuesta a la sociedad de consumo. La gente empezó a utilizar el trueque o a vender sus escasas pertenencias en plena calle. En las fábricas, como aquella donde trabajaba el investigador británico, pagaban con enseres, a los maestros en las escuelas se les remuneraba con botellas de vodka. La delincuencia recrudeció bajo la forma de hurtos famélicos en los huertos donde se cultivaban hortalizas. La población de bajos ingresos tuvo la idea de capear el temporal regresando al medio rural, donde se pertrecharon en “dachas” (pequeñas parcelas agrícolas) improvisadas, sin agua corriente ni electricidad, pero que les permitían subsistir en una economía de emergencia. El clima humano que se formó en esas pequeñas comunidades de nuevos campesinos era solidario y activo socialmente. Por las noches había fiestas y se compartía lo poco que se recolectaba en esos convites y celebraciones.
La situación en Rusia no acabó bien. Al final se pasó de una economía gestionada casi en su totalidad  por el estado a un intento de mercado libre, que en ocasiones más parecía un “mercadillo”. Las mafias locales encontraron la nueva situación un caldo de cultivo importante, llenando el vacío provocado por el derrumbe del estado totalitario.
Sin embargo, el sociólogo percibió un aire festivo en el fondo de la tragedia colectiva, las gentes se sentían liberadas y experimentaban una extraña euforia. “Solo cuando la nueva Rusia se configuró como uno de los países menos libres y menos democráticos del mundo, la gente se sumió en la desesperación”, explicaría. Los rusos recurrieron al consumismo, a la vista de la falta de alternativas.
El experimento ruso, lo mismo que el finlandés, mueven a sombrías reflexiones. Tal vez por el hecho de que cada vez que en la historia se ha instado a vivir de manera sencilla y menos materialista, lo que se ha conseguido es inquietud social, agitación y destrucción. Los sistemas económicos y políticos pueden colapsar, pero no se acaba la civilización. Lo cierto es que el consumo es una hoguera que devora no solamente el planeta, sino que al mismo tiempo nuestro tiempo de vida. Vivimos para trabajar, o sea producir. Soñamos con el momento en que nos liberemos de esas cadenas, pero contrariamente a lo que desearíamos nos vemos cada vez más sometidos a la esclavitud de jornadas extenuantes que no permiten ya ni el ocio ni la conciliación familiar. Buscamos tener una segunda residencia, viajes al extranjero, más y mejores bienes, tecnología punta, etc. Y nos despertamos, a menudo, con las manos vacías.
La experiencia planetaria tras el coronavirus también ha enseñado que se puede consumir menos o que el consumo desorbitado conduce a la destrucción de la vida social, del medioambiente. Sería preferible un crecimiento sostenible y a largo plazo. Tal vez tendríamos que enfrentarnos a nuevas crisis , ver las ruinas de la sociedad de consumo para imaginar y luego crear un mundo nuevo. Sin comunismo ni consumismo. Pasar de la distopía a la utopía.