El ciclo literario “La dignidad de la palabra”, organizado por la Asociación Frutos del Tiempo y la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Elche, retomó su rutina de actividades con la presencia de Eloy Sánchez Rosillo en el Gran Teatro tras las festividades pascuales . Unos días destinados al recogimiento y la meditación que se vieron alterados de forma sustancial por las noticias que nos hablaban de políticos afectados por el ataque del virus de la titulitis, ministros de ¿educación y cultura? cantando “Soy el novio de la muerte”, vicisitudes varias de políticos presos y/o exiliados, hijos de Dios derribados por semáforos y un tiempo atmosférico absurdamente caprichoso.

Menos mal que la Cultura, más tarde o más temprano, retorna para congraciarnos con la vida. Así, de forma consecutiva este redactor pudo disfrutar el pasado sábado 7 de abril de la magnífica obra “El cartógrafo”, del dramaturgo Juan Mayorga, a quien merecidamente acaban de nombrar académico de la lengua. Para luego el jueves 12, escuchar a uno de los poetas más importantes del panorama literario español, Eloy Sánchez Rosillo.

Se trata de un poeta muy cercano, no solo porque sea de Murcia, así que la charla recital le cogía a mano. Sino porque es un escritor que nos cuenta las cosas cotidianas que nos pasan a todos en la vida, solo que él las observa con el asombro de un adolescente sin edad. Sánchez Rosillo leyó una selección de poemas que recorrían toda su trayectoria, reunida ahora por Tusquets en “Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017”, a la par que fue comentado su evolución personal y el contexto en el que surgieron.

La poesía de asombrada celebración de la vida, con tintes elegíacos por la melancolía de la pérdida o la incertidumbre hacia el futuro, ha devenido en una poesía muy reposada que acepta que la vida nos da siempre más de lo que podemos abarcar. Así, el poeta se complace de compartir con nosotros la maravilla de las cosas elementales y puras: la naturaleza, el amor, la llovizna, una vieja acacia, un cantarín jilguero, la luz del Mediterráneo…

Juan León Fabrellas, Helena Vilella, Eloy Sanchez Rosillo, Francisco Gómez y Juaquín Juan Penalva. Foto: José Manuel Sanrodi.

Juan León Fabrellas, Helena Vilella, Eloy Sanchez Rosillo, Francisco Gómez y Juaquín Juan Penalva. Foto: José Manuel Sanrodi.

Eloy Sánchez Rosillo nos avisa que la magia está en cualquier lado, por ejemplo, en la luz temblorosa que dibuja a través de un vaso de agua el rayo de sol que cae dulcemente a media tarde. Aquí tenéis la entrevista que le hicimos para LOBLANC:

“La poesía, si es auténtica, puede ayudarnos a vivir en lo verdadero”

Pregunta: Como poeta de larga trayectoria, ¿te consideras un trabajador de la palabra? ¿Crees que es necesario defender su dignidad en los tiempos que corren? ¿La belleza por sí sola nos dignifica?

Respuesta: Yo no soy en modo alguno un trabajador de la palabra, sino tal vez un poeta. Son cosas distintas. El poeta no es un trabajador como otro cualquiera, ni siquiera un artesano. Su arte no es propiamente un trabajo. Lo que entendemos como trabajo tiene por lo general algo de mecánico y de rutinario, de carga obligatoria.

La poesía es lo imprevisto, asombro, sueño e ilusión, aventura, lo contrario de lo que termina encalleciéndonos las manos y el alma por realizarse de forma reiterada e ineludible. Esto no quiere decir que el poeta no haya de tener voluntad y disciplina, horas largas de estar ante un papel o la pantalla de su ordenador. Pienso, por otro lado, que no es preciso defender la dignidad de la palabra poética ni la del poeta. Ambas resultan evidentes y se defienden por sí solas.

En una sociedad como la nuestra, en la que existen tantos ejemplos indudables de ignominia y degradación, la poesía y el poeta son ejemplos claros de dignidad para cualquier persona de bien. Pero la belleza sin más no dignifica, ni es lo único a lo que el poeta debe aspirar. Decía Juan Ramón Jiménez que no hay estética sin ética; es decir, que la belleza ha de ir unida a la verdad para completarse y llegar a ser poesía genuina.

P: ¿Poeta por nacimiento o poeta por oficio? ¿Cómo trabajas el poema?

R: Poeta con oficio, pero, antes de eso —ojalá—, poeta de nacimiento. El oficio se le supone al poeta, igual que al carpintero o al albañil o al cirujano se les supone que han dedicado largo tiempo a aprender cómo se hace lo que ellos hacen. Nadie dice de sí mismo que es un maestro carpintero (ni será reconocido como tal) si no ha pasado muchos años en una carpintería con el lápiz en la oreja y la garlopa y demás útiles de su oficio en las manos. El oficio resulta indispensable, pero no debería entenderse como un mérito; es lo menos que debe poseer quien se dedica a una actividad. Uno no puede ser poeta si no ha aprendido la parte de oficio que tiene la poesía (aunque hoy existan muchos pretendidos poetas que piensan con insensatez que el oficio es un estorbo y una antigualla).

El oficio, que parece algo tan arduo y árido, lo va adquiriendo el poeta a lo largo de su vida sin darse ni cuenta. No hay que estudiar para aprenderlo; se va obteniendo en la frecuentación constante de la buena poesía, de los poetas que escribieron antes de nosotros, desde el principio de la cadena hasta ahora. El oficio, en suma, se adquiere; el talento para la poesía, no. El poema no se trabaja; nace ante la perplejidad del poeta, que lo ayuda a llegar al mundo y lo limpia con entrega y calma de las impurezas con las que todo lo que nace suele entrar en la vida.

P: Presentas «Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974–2017», la edición con la que Tusquets recopila todo tu trabajo. ¿Era el momento de hacer balance tras casi medio siglo de escritura poética? ¿Es el libro para pasar a la posteridad?

R: Hacer balance de vez en cuando es una actividad provechosa y necesaria. En la consideración pausada de lo ya realizado podemos aprender mucho. No hay que hacer balance, sin embargo, para relamerse con lo cosechado y dormirse en los laureles. En ese proceso conviene tratar de advertir con nitidez aciertos y errores (más que nada, estos últimos) y reunir fuerzas para seguir caminando con la ilusión de siempre.

A estas alturas de mi vida creo que no estaba mal el detenerme un poco, intentar poner las cosas en claro conmigo mismo y a continuación ofrecérselas al lector de la mejor manera posible. El hecho de que la edición anterior de «Las cosas como fueron» estuviera desde hace tiempo agotada proporcionó la ocasión.

Y no, yo no he publicado este libro, ni ninguno de los míos, para pasar a la posteridad. Esa pretensión no puede tenerla nadie en su sano juicio. Si uno escribe con autenticidad, lo hace por fatalidad, porque así debía ser desde el principio de los tiempos, y ni él ni nadie de sus contemporáneos puede saber si va a pasar o no a la posteridad. No podemos albergar en nuestro fuero interno semejante propósito.

Es legítimo que el poeta sueñe a veces con el tiempo venidero, acariciar la idea de estar en el futuro. Pero, sabiendo que lo que imagina es sólo un sueño y que ahí, por tanto, no hay nada asegurado. En realidad, la incertidumbre es, a este respecto, más hermosa que lo tangible y constatable, pues encierra aventura y riesgo no hechos consumados. Hay que apostar desinteresadamente, sin certeza de nada, aunque poniendo al tablero todo lo que poseamos, y después Dios dirá.

Eloy Sánchez Rosillo durante el Ciclo de Literatura "La dignidad de la palabra"

Eloy Sánchez Rosillo durante el Ciclo de Literatura «La dignidad de la palabra»

P: ¿Cómo fueron esas cosas de las que habla el título de tu libro?

R: Fueron “cosas de la vida”, según suele decirse. La poesía procede de la vida, ella misma es vida que se le agrega a la vida, no una imitación o un remedo de lo vivo. No se trata de algo construido, ensamblado o compuesto. Brota o nace de manera natural. En este sentido digo que los poemas son “cosas de la vida”, como un árbol o un río, un hombre y un caballo, una nube o una montaña. Ojalá pudiera afirmarse esto de alguno de los poemas que he escrito.

P: ¿Has mirado hacia atrás al preparar esta edición? ¿Has revisado o corregido tus poemas? ¿Asumes todo lo escrito?

R: He revisado a fondo toda mi obra y he corregido lo que, tras largas cavilaciones (esta labor no puede hacerse a la ligera), pensé que ganaría al ser enmendado. La obra propia, mientras que estemos vivos, no tiene por qué ser intocable; no pertenece al pasado, forma parte del presente, a mi juicio tenemos el derecho y la obligación de mejorarla en lo posible. Para revisar mis libros he tenido que mirar hacia atrás, desde luego. He ido hasta el principio en un largo viaje, he regresado más ligero y libre y muy dispuesto a seguir. Asumo cuanto he publicado, lo cual no quiere decir que me gusten por igual todos mis poemas. Pero lo hecho, hecho está.

No merece la pena escamotear nada u ocultarlo, ya que de ningún modo podremos conseguir que desaparezca lo que algún día se publicó. Pienso, además, que hay que colocar lo que menos nos guste en el lugar que le corresponda, junto al resto de la obra, para que así sea más difícil de localizar y quede más disimulado. El ocultar parte de lo que con anterioridad dimos a conocer es la mejor manera de señalarlo, de ponerlo de manifiesto.

P: ¿Qué temas te son más amables y cuáles más ingratos?

R: Para mí, como poeta, cualquier tema puede resultar interesante. Yo escribo de la vida, y la vida es inagotable. Debemos afrontar lo dulce y lo amargo. Un tema grato no le asegura a nadie un buen poema, un motivo ingrato o doloroso puede dar lugar a un poema impresionante. En un poema cabe cualquier cosa de la realidad, si se le encuentra sitio adecuado en el momento justo.

P: ¿Qué deseas que encuentren y sientan los lectores que se sumerjan en tu poesía completa? ¿Qué espacio quieres ocupar en su álbum de emociones?

R: Lo que yo querría es que los lectores encuentren en mi poesía verdad hermanada con la belleza, como diría Keats. E intensidad. El lector, al entrar en un poema, ha de sentir en su ser el zarandeo, y hasta el peligro, del viento fuerte y puro de la vida, como si estuviera en la proa de un barco que navega a toda máquina o se hallara en la cumbre de una montaña altísima.

El poema, a pesar de su armónica serenidad, no puede dejarnos indiferentes. Si no nos conmueve, sólo será una sandez grisácea o un jueguecillo más o menos colorido. La madre del cordero está en la emoción. El poeta, en contra de lo que a veces se dice, ha de escribir emocionado. Es testigo de un milagro que va surgiendo ante sus propios ojos y con su ayuda. La emoción, sin embargo, no ha de hacerle perder los papeles y desmelenarse, pues en tal estado no le resultaría posible ayudar al nacimiento del poema, recibirlo en la vida. Pero su tarea está reñida con la frialdad; si no escribe emocionado, le será imposible transmitirle emociones a nadie.

P: ¿Qué te ha dado la poesía? ¿Ha salido todo como soñabas cuando comenzaste a escribir de muy joven?

R: Ha salido mejor aún. Y no me refiero a la calidad de mis poemas, claro está (sobre este asunto no soy yo el que tiene que pronunciarse), sino al hecho de haber podido realizar una obra a lo largo del tiempo, de muchos años, sin desviarme nunca de mi camino. La poesía me ha dado una muy buena parte de lo mejor que tengo. Puede que la totalidad de lo que he hecho no sea más que una equivocación y que no valga para nada. Eso ya se verá.

Pero yo lo he escrito siempre, y ahora también, con el fervor maravilloso que se despertó en mí en la adolescencia, y ese fervor no es, no puede ser, un error. Me ha sostenido y me ha proporcionado ocupación hermosa e ilusión a lo largo de mi vida entera. Esta suerte no la tiene casi nadie. Soy, desde luego, un hombre muy afortunado y estoy por ello lleno de gratitud.

Portada "Las cosas como fueron" de Eloy Sánchez Rosillo. Ediciones Tusquets

Portada «Las cosas como fueron» de Eloy Sánchez Rosillo. Editores Tusquets

P: ¿Cómo es tu relación con la inspiración poética? ¿La buscas o te encuentra?

R: La inspiración te encuentra, pero tú debes estar esperándola. Si te distraes, no acude o no adviertes que llega. Hay que tener la conciencia de la labor pendiente, estar atento las veinticuatro horas del día, aunque a veces haya largos períodos en que no hagas nada. Quizá en los momentos de sequía es cuando más debes ansiar que la inspiración se te acerque, para hacerte merecedor de ella y que al fin acabe viniendo.

P: ¿Qué nos dice tu poesía de ti? ¿Qué le debes a la poesía como persona, como Eloy Sánchez Rosillo?

R: La actividad que uno ejerce configura a quien la lleva a cabo. Si yo hubiera sido un agente de cambio y bolsa contento de su trabajo o un probo corredor de seguros convencido de que eso era lo suyo, me llamaría también Eloy Sánchez Rosillo, pero sería otro sin duda. Es decir, que a la poesía le debo en gran parte mi visión del mundo, el ser como soy. Esto no quiere decir que el personaje que aparece en mis poemas sea idéntico a mi persona. Tal vez se parezca a mí, o coincida punto por punto conmigo, en mis momentos mejores, en mis momentos de serenidad, que es cuando escribo y cuando acaso veo con mayor claridad, pero durante el resto del tiempo uno y otro no somos ni mucho menos iguales. Yo soy, por lo general, un hombre muy poco sereno, nervioso en extremo, y lleno como cada cual de mezquindades y de contradicciones.

P: He leído entrevistas tuyas en las que te muestras muy crítico con la sociedad actual, ¿debe el poeta implicarse en el debate social? ¿Hasta dónde? ¿Puede servirnos de algo la poesía o solo es un refugio para náufragos?

R: He mencionado en esta entrevista lo que Keats afirmó con tanto acierto en un poema memorable: la belleza y la verdad son equivalentes. La poesía, si es auténtica, puede ayudarnos a vivir en lo verdadero, en lo fundamental y esencial, a enfocar con lucidez y rectitud no sólo los problemas más complejos y hondos del vivir, sino hasta las contingencias más cotidianas y superficiales.

El poeta, como ser humano que es, puede implicarse en el debate social y tiene el deber de procurar la justicia y el bien (principalmente en su entorno más próximo, sin irse por los cerros de Úbeda para “arreglar el mundo”). Pero como poeta sólo debe estar comprometido con la poesía, y no poner nunca a ésta al servicio de lo circunstancial o partidista. Quienes lo deseen pueden acercarse a la poesía y tratar de servirla y disfrutarla, pero la poesía misma, por su propia naturaleza, no puede servir los intereses particulares y puntuales de nadie. Esto creo que no tiene discusión, aunque haya sido discutido hasta la saciedad.

P: ¿Eres pesimista respecto al futuro de la cultura en general y de la poesía en particular?

R: Respecto al futuro de la cultura sí soy pesimista. Somos cada vez más globalmente analfabetos e inciviles, y lo malo es que la sociedad a la que hemos llegado les proporciona a los energúmenos armas fáciles de usar, muy poderosas y de mucho alcance. Pero respecto a la poesía, que no tiene nada que ver con la cultura, sino con la vida, soy optimista. “Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”. Sin poesía, esa poesía que no sólo está en los libros, que se encuentra en el mundo, no es posible vivir ni un solo día. Todo se irá al garete si llega a extinguirse. Gracias a ella respiramos y tenemos espacios de intimidad y de aire puro en los que podemos sentirnos a salvo.

P: La poesía parece estar experimentando un periodo de efervescencia con nuevos y muy numerosos lectores, ¿crees que esta tendencia será un fenómeno pasajero o que se consolidará?

R: El estimar que estamos en un momento de efervescencia poética depende de lo que entendamos por poesía. No se puede pensar que cualquier cosa es poesía. Para mí no hay nada más que una, que puede presentar múltiples rostros, aunque resulta inequívoca en cualquiera de sus comparecencias. De ella he intentado hablar a lo largo de esta entrevista. Pero hay también muchos sucedáneos de poesía, muchas adulteraciones, tanto si tiramos por todo lo alto (la falsa poesía esteticista y abstrusa de los “exquisitos” y de los snob), como si descendemos a lo menos exigente y más a ras de tierra (la de los que se conforman con abaratamientos de lo verdadero; al rebajarla, la poesía se convierte en pacotilla).

P: ¿Qué te queda por hacer? ¿Qué te queda por decir, Eloy?

R: Todo está siempre por hacer y por decir, por más que uno haya intentado hacerlo y decirlo. Resulta imprescindible soñar con ir un poco más allá y no desfallecer. Hay que seguir en la brecha. La vida empieza cada día.

 

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