Los últimos acontecimientos mundiales-la famosa “operación especial” de Putin-han vuelto los ojos del mundo hacia la que Mark Galeotti, escritor y profesor británico especializado en el crimen organizado transnacional y asuntos de seguridad y política rusos, llama “la nación más compleja del mundo”.

Para este experto en ambos asuntos, que a menudo van muy inter relacionados, la actual nación rusa, antes la unión de repúblicas soviéticas y también imperio de los zares, es un palimpsesto. Es decir, hablando metafóricamente, como” un manuscrito que ha sido borrado, mediante raspado u otro procedimiento, para volver a escribir un nuevo texto”. La Historia de Rusia, desde las invasiones varegas (vikingas) hasta las de la Horda de Oro (los terribles mongoles) ha sido reescrita una y otra vez, en un ejercicio de falsificación colectiva, hasta conformar una confusa nebulosa de tiranos, caudillos y traidores.

Según Galeotti, que ha indagado en las fuentes históricas para descifrar el palimpsesto ruso en Una historia breve de Rusia (2020), los primitivos habitantes de ese extenso territorio, sin fronteras naturales, sin una única tribu, sin un único pueblo y sin una verdadera unidad central y que posee nada menos que once zonas horarias, no “invitaron” ni a los saqueadores hombres del Norte con sus naves  con mascarón de dragones y cascos con cuernos ni a los tártaros del Gran Kan, ni a los polacos ni a los teutones, para que se hicieran cargo de administrarles con sabiduría y justicia. Simplemente fueron invadidos y avasallados, tal como pretende hoy hacer Putin con Ucrania.

Sin embargo, ahí están esas imágenes, como el cuadro de Viktor Vatsnetsov, “Llegada de Riúrik a Ladoga” (1909) que pintan a una asamblea de notables de las tribus eslavas recibiendo con los brazos abiertos a su nuevo rey, Riúrik, también llamado Rorik de Rorestad, un ambicioso aventurero danés, que llega a las orillas del Ladoga en su barco vikingo, hacha en mano.

LA INVENCION DE RUSIA

El título original de este opúsculo, útil y conciso breviario para comprender tanto la geografía y la historia casi inabarcables de la nación que hoy es Rusia, da la clave de su intención y contenido. A continuación de la correcta traducción Una historia breve de Rusia, agrega: “Como el país más grande del mundo se inventó a sí mismo. Desde los Paganos a Putin”.

Y es que Rusia, a la que le dieron su nombre los antiguos rus, eslavos mestizos procreados por varias dominaciones extranjeras, no ha parado de escribir y borrar sus huellas en la Historia, que han dejado a pesar de este vano intento un rastro sanguinolento, producido por siglos de tiranías crudelísimas como las de la dinastía fundada por el amo vikingo, pasando por los mongoles, Iván el Terrible y los Romanov, hasta llegar a Stalin y Putin.

No resulta fácil ni agradable imaginar cómo en la actual Kiev murieron decenas de miles de personas por ataques tribales, ni como corría la sangre como ríos según los cronistas de batallas entre príncipes rivales. Lo peor parece haber sido lo que se ha dado en llamar “el yugo mongol”, es decir el largo sometimiento de Rusia a los salvajes guerreros asiáticos de la estepa. Los historiadores rusos han querido culpar del secular atraso de su país, que no tuvo Renacimiento como los demás de Europa, a la dominación de los tártaros del Kan. No es del todo cierto y Galeotti cree que es, dentro de tantas, una excusa más para ocultar la cruda realidad. “A los mongoles les iba más la conquista que la administración”, afirma, y los gobernantes de esa Horda de Oro no pretendían en absoluto imponer sus creencias religiosas y sus costumbres a los pueblos sometidos, de los que esperaban más bien suculentas recompensas y tributos monetarios.

Los nobles rusos no solo mostraron una actitud obsecuente frente a sus conquistadores en el S. XIV sino que se emparentaron gustosamente con sus princesas, como el sucesor de Alexander Nevsky, príncipe de Novgorod, Yuri, que se unió en matrimonio a Konchaka,  hermana de Oleg,  kan de la Horda de Oro. Los príncipes rusos aprendieron muy pronto a aceptar y jugar con las reglas de los que les habían puesto el yugo. Y aprendieron a exigir impuestos y a castigar a los del pueblo llano si se rebelaban.

Pero los jefes mongoles presionaban y exigían tributos cada vez mayores, lo cual fue su gran error. Se toparon entonces con su antiguo aliado, el príncipe Dmitri de Vládimir, que aprovechó la ocasión para enfrentarlos con un ejército algo menor en número pero dispuesto a dar batalla. Tanta que las crónicas cuenta que en el sitio de Kulikovo “los hombre caían como el heno bajo la guadaña, y la sangre fluía como el agua de la corriente”.

La victoria de Dmitri no aseguró el fin del dominio mongol y éstos volverían a atacar Moscú, reduciéndola a cenizas  y prolongando su vasallaje hasta 1480, en que los rusos serían dirigidos por el gran príncipe Iván III, biznieto de Dmitri. En el siglo transcurrido entre estos hechos, la capital de los rus seguiría su proceso de reagrupación de tierras y fuerzas hasta el final del dominio extranjero.

Pero como la Historia no da saltos, los modos de gobernanza de los mongoles siguieron marcando el estilo de los príncipes rusos. Es decir, “ejerciendo el poder absoluto con absoluta brutalidad”.

Los fundamentos del autoritarismo en Rusia, para Mark Galeotti tienen su base y origen en Kiev, verdadera madre de todas las Rusias, que en su tiempo tuvo a Constantinopla como ejemplo y modelo. Tanto ese centro geopolítico de la época como Sarái, la capital de la Horda de Oro, les enseñó a los príncipes rusos a controlar sus ciudades y sus campesinos. Rusia era una tierra pobre y mal comunicada, por lo tanto con tendencia a disgregarse en autonomías y solo ese puño de hierro podía contener su desmembramiento.

LA AUTOCRACIA

Desde Iván el Terrible, constructor de un estado que podía mirar de igual a igual a los europeos, hasta el ascenso de los Romanov, en 1613, Rusia creció hasta convertirse en un vasto y poderoso imperio. Pedro el Grande, un Romanov dispuesto a europeizar el país mediante una serie de reformas tendentes a la modernización, resulta una de las figuras definitorias del período que va desde los finales del S. XVII  hasta los inicios del XVIII. La colosal estatua de 86 metros que se yergue sobre el río Moscova, erigido en 1997, consagra su inmortalidad en la memoria de Rusia.

Era difícil conciliar la idea de una Rusia con una cultura moderna en un país casi feudal y con formas asiáticas de gobierno. Por si fuera poco, la Iglesia ortodoxa y su patriarca Nikon tutelaban de manera despótica no solo las creencias sino también la política. Pedro , el zar, se vio obligado a transformar a la Iglesia en un poder más del estado, pero apoderándose de su bienes para financiar su aparato bélico, en el que por primera vez existió una marina de guerra, necesaria para enfrentar a otras potencias navales como Suecia, a la que derrotó.

La tradición autocrática rusa continuó con la presencia de la emperatriz Catalina la Grande (1762-1796), que consolidó la imagen y el lugar de Rusia en el mundo, aunque su imperio todavía seguía inmerso en tinieblas medievales.

En 1812, Rusia es invadida por Napoleón y se ganó la merecida fama de su invencibilidad. Los zares que vinieron , Nicolás I , Alejandro II y sus sucesores se debatieron entre su intención de emular a los países europeos y el lastre de una tradición de ortodoxia, autocracia y nacionalismo. Cuando Alejandro III murió en 1894 le sucedería su hijo Nicolás II, que sería el último de los Romanov y el causante del advenimiento de una revolución que sacudiría al mundo, en 1917.

El resto de esta historia es bien conocida. De “la vida luminosa” que prometía Lenin al terror de Stalin. Del Nikita Jrushchov que amenazó a Occidente con su “os enterraremos” a Gorbachov, que intentó desmontar el Imperio soviético y acabó derrotado por un golpe de estado conservador y con Rusia nuevamente en manos de un salvaje como Yeltsin. Pero el derrumbe de la URSS fue inevitable, el 31 de enero de 1991.

El último autócrata de la serie es el ex espía y oscuro Vladimir Putin. Los rusos vieron en él el salvador en medio de la catástrofe, un líder enérgico contra el desmadre de los oligarcas y los terroristas . Putin aplastó Chechenia, reforzó al ejército y ofreció al país un nuevo contrato social: No os metáis en política y os garantizo una mejora constante de la calidad de vida. Para reforzar su poder ordenó rescribir nuevamente la Historia, el viejo y gastado palimpsesto ruso.

El 24 de febrero de 2022, como corolario a una larga escalada retórica y bélica, invadió Ucrania. Que en su libro de Historia es tan rusa como él mismo, el vodka y las matrioshkas. Sin embargo, el historiador Putin ha olvidado  que ésta se repite la primera vez como tragedia, la segunda como farsa (Marx). Y que la guerra ruso japonesa llevó a la revolución de 1905 y que otra guerra precipitó el fin de los Romanov  en 1917.

Galeotti concluye  al final de su libro, en Coda, Rusia, Ucrania y la venganza de la historia :”Realmente Putin no debería haber jugado con la historia. La historia siempre gana”.

La piel del gran oso ruso es grande y a prueba de balas. Pero podría acabar colgada en el salón de la derrota, donde están las de tantos imperios invencibles.